18 de agosto de 2022
| Ya lo comentaba la periodista y escritora Amaia Santana a raíz del lanzamiento de “Preto”, el que fuera primer adelanto de este esperado segundo LP de la jienense: “Hacer arte de los platos rotos no es fácil. La música de María Guadaña revuelve, pacifica y equilibra la dudosa rentabilidad emocional de una. Pura biología de la excitación. Honesta catarsis. Hay que tener muchas agallas y un gran corazón para sentir como la Guadaña… Ella es coherente en sus vísceras y bella en sus invocaciones. No todos pueden decir lo mismo”.
Sin duda alguna, así es la música de María Guadaña. Adentrarse en sus canciones es casi un ritual, un viaje iniciático en el que entramos heridos pero salimos sanados, tras haber compartido con ella dolor y pérdida, pero también arrebatos de sensualidad y euforia transitoria. No todo es catarsis. Hay algo también de bálsamo en la música de María Guadaña. De vieja poción, de ancestral ungüento. Este 2022, tras toda una pandemia, tendremos la suerte de reencontrarnos con esta bendición sanadora. Y este “Latidos y Culebras”, más allá de ese título que evoca precisamente a pociones y brebajes, es una nueva entrega de su talento, una mirada más a ese personalísimo universo en el que confluyen la aridez del rock desértico y la exuberancia del folclore latino. Un espejo fragmentado por la furia de su sonido en el que se reflejan Frida Kahlo y Jodoroswky, Chavela Vargas y Nick Cave, Pj Harvey y Nacho Vegas, Lhasa de Sela y Mark Lanegan. Así es el microcosmos de María Guadaña, un lugar siempre fronterizo donde sentirse como un Pedro Páramo en tiempos de amor y cólera.
Adentrarse en las canciones de María Guadaña es casi un ritual, un viaje iniciático en el que entramos heridos, pero salimos sanados, tras haber compartido con ella dolor y pérdida, pero también arrebatos de sensualidad y euforia transitoria. Un personal universo en el que confluyen la aridez del rock desértico y la exuberancia del folclore latino.
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